Cuando ya no queda nada,

cuando toda mi soledad se une,

y sus gritos se oyen en mis lágrimas,

lejos parece el día,

en que tuve alguna esperanza,

lejos parece el día,

que ciegamente confiaba en mis palabras.

 

Cuando ya mi corazón se ha cansado,

de soportar el dolor,

que le devuelven los latidos

que él da con tanto amor,

lejos parece ese recuerdo,

que inunda mi sonrisa,

que me da la paz que mi corazón necesita.

 

Cuando todos los caminos que camino,

al darme la vuelta se tuercen,

y al girar por sus esquinas,

laberintos me devuelven,

lejos está la ilusión por la meta,

por querer andar sin importar lo que venga.

 

Y es que tan lejos están tantas cosas,

que pensando en ellas,

me vuelvo de nuevo un niño,

tan lejos están tantos sueños,

que siempre que los atrapo,

tan pronto los retengo,

como luego me despierto sin ellos.

Tan lejos están tantas miradas,

que ya no veo la ternura de tus ojos,

las confundo con tantos miedos,

con tantos falsos recuerdos,

que ya no sé si es verdad o no lo que siento,

ya no sé si el recuerdo de esos ojos,

me dará la suficiente fuerza,

para luchar por lo que quiero.

 

Y es que cuando tu persona,

es sólo ya un fantasma,

que se desvanece entre las sombras,

que se pierde y no se encuentra,

y que todo lo que siente ya no le importa.

Cuando el tiempo parece que no pasa,

y tus suspiros se vuelven eternos,

y tus súplicas no son contestadas,

lejos parece esa luz que te renueva,

que aparecía de tan dentro de tu alma,

que con su calor te inspiraba tanta confianza.

Lejos están tantas cosas,

que la vida me parece tan larga,

aún cuando sólo nos ha mostrado,

la primera parte de su enseñanza.

Lejos están tantos sueños,

que me cuesta ya soñarlos,

y más me cuesta retenerlos conmigo,

para intentar hacer con ellos algo digno.

 

Alfredo Cuervo Barrero ©