Detrás de toda obra siempre existe una historia, por lo general, más interesante que la propia obra. Si quitáramos todos  los velos que la disfrazan, todos los argumentos intencionados que la forman, todos los cambios progresivos que ha sufrido  desde que fue proyectada  originariamente por el autor, nos quedaría solamente una cosa: una experiencia más clara y más real del propio autor. Cuando leo, me gusta pensar qué es lo que ha llevado a ese escritor a escribir lo que escribe, en qué fases de la vida está, qué es lo que ha tenido que vivir e interiorizar para expresar lo que nos quiere expresar, me lo imagino creando la propia obra, recordando, analizando, transformando, inventando, luchando con todas las ideas e impedimentos que le han surgido y que le surgen en el mismo momento de la composición.

Estos momentos casi nunca se perciben ya que solamente quedan en el fuero interno del autor, y son muy pocos los que se atreven a escribir sinceramente para que los demás podamos ser partícipes de esa experiencia, por eso prefiero el proceso al resultado, este último casi siempre es artificial, comprimido, intencionado, pero lo que hay detrás, lo que no se ha dicho, lo que no se ha percibido, lo que no se ha logrado hacer es mucho más grande, extenso y atrayente que lo que sí se ha realizado.

La escritura es un buen método para todos aquellos que pretenden hacer creer a los demás lo que ellos mismos no creen, que dicen a los demás lo que ellos mismos no son capaces de hacer, es un buen método para no dejarse al descubierto, para no dejarse conocer, de ahí que la historia que se quiere ocultar siempre es más interesante que la que se quiere mostrar, depende del lector quedarse con lo que lee o ir un paso más allá.