Sólo se trata de ser  partícipe de lo vivido,

resguardarse de lo ajeno y realizar lo prometido,

haber madurado y haber crecido con lo dicho,

entre la marabunta y trajines del día a día,

obligaciones, urgencias y demás premisas,

haber encontrado un resquicio de autonomía.

Tener presente el cuidado y la fragilidad del pasado,

sabiendo esperar y actuar cuando sea necesario,

haberse convertido en un movimiento originario,

lleno de luz, fuerza y momentos álgidos.

 

Entregar lo adquirido tras una corriente discontinua,

de períodos remansos y etapas productivas,

exigiendo a mi mente no caer en la azarosa apatía,

aquella que suplanta la creatividad e inventiva,

la que multiplica la más contagiosa de las monotonías.

 

Desgarrar las entrañas de las virtudes y los vicios,

reconociendo como propio lo que en otros he visto,

ojos ávidos en captar caracteres y fundamentos,

que no se confundan, lo que ven es lo que ya llevan dentro.

Y entretener instruyendo amenizando lo complicado,

dotar de forma a lo que en un principio resulta extraño,

comprender reacciones y humanizar lo canonizado,

servir de bálsamo para quien hace de su camino algo pesado.

Y entrelazar todo esto con intrigas y expectativas,

crear inicios allí donde sólo debieran quedar fatigas,

trasladar lo inamovible y fijar alternativas,

convertir el nunca en una realidad más que ficticia.

 

Porque tan sólo se trata de no confundir a mi presencia,

asegurar las conductas y blindar mis defensas,

elegir un lugar de recogida al final de cada jornada,

reflejar en mi gente el fruto de la práctica cosechada.

 

Alternar el regazo público con la exigencia privada,

de no quedarme a esperar siempre recompensas regaladas,

de guardar como un tesoro lo que dejo tras mi espalda,

de comenzar siempre de nuevo tras el final de cada etapa.

 

Alfredo Cuervo Barrero ©