Hay una despedida que siempre llega tardía,

aquella que no se da por el shock de la repentina partida,

aquella que hasta que no pasa el tiempo y la resignación,

el cuerpo y la mente no la asimilan.

 

Hay una despedida que uno no se atreve a lanzar,

que se lleva consigo lo más vulnerable,

que deja un rastro de ausencia difícil de soportar,

arrebata lo que hasta ahora nadie ha logrado arrebatar:

el apoyo materno y su afecto inquebrantable.

 

Hay una despedida llorada entre cristales,

apoyada entre hombros y en contactos familiares,

escondida entre gritos recriminando a un inexistente culpable,

esperando entre flores que colorean a la blanca carne,

a todos aquellos que hemos aprendido de golpe,

que su llegada tarde o temprano es lo único inevitable.

 

Es la impotencia llevada a su más cruel extremo,

es el vacío cargado de desolación y desaliento,  

es el camino no buscado ahora empeñado en encontrarte,

es el último adiós dirigido ya a ninguna parte.

 

Es una imagen grabada para siempre,

tras pasar de nuevo pálpitos y convulsiones,

aquella que un día te vio nacer de su vientre,

ahora cierra los ojos tras un cuerpo inerte,

tras una tela que tapa lo que no quieres creerte.

 

Porque es una despedida que nunca debiera ser dicha,

atragantada de furia y rabia comprimidas,

tartamudeada entre restos de humo y cenizas,

recordada a la larga como la más profunda herida,

aquella que ningún aliciente cura ni cicatriza.

 

Porque es un alto en el trayecto que cierra un ciclo,

la asiduidad se rompe de un choque y sin aviso,

nuevas fuerzas florecen despertando a lo dormido,

los finales definitivos dotan a uno de nuevos principios,

en ellos plasmas su educación y su espíritu,

en ellos se forja tu futuro firme y genuino,

en ellos honras al recuerdo de quien más te quiso.

 

 Alfredo Cuervo Barrero ©