Estoy acostumbrado a mirar al niño desde arriba y que él me mire desde abajo, a pensar que lo que yo pienso, lo que siento, lo que reacciono es lo que debería ser, se lo inculco, se lo transmito, pero no debo de perder nunca de vista su individualidad, su esencia, todos los niños tienen la suya, mi deber como padre es encontrarla, encaminarla y desarrollarla. 

No quiero que mi hijo sea lo que yo soy, quiero que sea lo que él es, yo debo ser simplemente un instrumento para que se encuentre a sí mismo, debo mostrarle todas las opciones, todas las emociones, todas las sensaciones y ver en cuál se encuentra más cómodo, ver en cuál su personalidad se desarrolla más plenamente. No entiendo a la educación como una doma, no quiero a una mascota, quiero a un ser libre que aprenda a moverse por el mundo; desde pequeño tengo que inculcarle este propósito. 

¿Me enervo cuando me contesta, cuando me desobedece, cuando hace lo que quiere?, es simplemente un instinto determinado el que hace su aparición en un determinado momento, un instinto que dice aquí estoy yo y quiero mostrarme, un instinto que me dice “¿sabes lo que es estar constantemente oyendo a los adultos, obedecerlos, acatar sus órdenes, seguirlos continuamente allí donde van?, en algún momento tengo que aparecer, en algún momento tengo que romper estas cadenas y empezar a ser”, es entonces cuando hace su aparición la rebeldía del niño, las primeras individualidades del niño. 

Para mí es un momento crucial, porque por vez primera el niño se está empezando a dar, ya no le basta con recibir, tiene que empezar a experimentarse, y eso también significa que tiene que empezar a descubrir su personalidad, con acciones y reacciones, con causas y efectos, con aciertos y errores, su individualidad se ha de formar de eso y yo tengo que aprender a ser un guía para cuando esa individualidad me necesite, y no sólo un guía de los que acompañan en el camino sino también un guía de los que muestran las señales.