Acabo de terminar de ingerir Conversaciones con Goethe de J.P. Eckermann, la verdad es que desde hace bastante tiempo sentía curiosidad por adentrarme en esta obra, sobre todo al ser en su día catalogada tan contumazmente por Nietzsche como “el mejor libro alemán que existe”. La primera sorpresa que me llevé al empezar a leerla es que ésta está escrita en forma de diario, Eckerman anota y desarrolla por fechas las diferentes conversaciones que mantuvo con este hombre sobre los más diversos temas (arte, sociedad, vida, cultura, política, juventud…), al principio choca un poco por no seguir una línea argumental o una continuidad a las que tanto estamos acostumbrados (en el fondo cualquier parte del libro puede ir en cualquier parte del libro), pero al final esta fórmula resulta grata ya que la obra en cuestión se compone de 868 páginas por lo que así no importa por donde la dejes o por donde la empieces, en cualquier parte de ella encuentras casi siempre una pragmática conversación independiente de todas las demás.

De Goethe en sí he leído muy poco (por más que lo intento no puedo acabar la segunda parte de su Fausto) y, aunque hasta que no se lee a un autor uno no puede saber realmente lo que nos quiere decir por mucho que nos hayan hablado de él, Eckermann consigue que te adentres dentro de este genio que tanto en palabras como en actos hizo de su vida un compendio de lo que ha de ser un auténtico ser humano.

De la degustación de esta obra he podido sacar dos conclusiones, o mejor dicho, dos reafirmaciones de algo que ya me intuía hace tiempo. Una de ellas es la comprobación de la cantidad de sencillez y humildad de las que están dotados los grandes hombres (uso esta palabra sin hacer distinción de sexos). Cuando vas leyendo la cantidad de experiencias que alguien puede tener en su vida, la cantidad de cultura, de arte, de artistas, de personajes históricos de los que se ha rodeado, la cantidad de obras que ha creado y expresarlo de la forma en la que Eckermann nos muestra que lo hacía Goethe (el cual decía que fue lo que fue e hizo lo que hizo simplemente porque dejó que la vida se acercara a él), te das cuenta de la excesiva importancia que nos damos a menudo a nosotros mismos y a nuestras situaciones, convenciéndome así de que, a quien sabe lo que es, no le hace falta vanagloriarse de lo que es ni de lo que hace, sabiendo que la mayoría de las cosas que se hacen no son sólo mérito nuestro sino que detrás se esconden muchas segundas voces y segundas vivencias de las que no siempre somos conscientes (cuando empezamos a serlo es cuando aparece esta humildad).

La otra reafirmación es haber comprobado la capacidad que tienen todos los grandes hombres de admirar al ser humano. Ya pueden haber creado las obras más alabadas o más complejas que siempre encuentran lugar para elogiar y para pregonar las hazañas de otros. En el caso de Goethe era conocida su admiración hacia Napoleón, en el cual veía representado al prototipo de hombre de acción y de productividad, lo más curioso de esta historia es que a Napoleón le ocurría tres cuartos de lo mismo, llegando a decir de Goethe a sus hombres una vez que estas dos personalidades coincidieron: “he aquí a un hombre”. Admiración mutua de dos monstruos de la historia, la cual nos deja decenas de ejemplos, demostrándonos así que no se puede ser un gran hombre si uno no es capaz de saber  admirar a los hombres.

Me dan ganas de dejar unas cuantas frases del libro, las cuales hacen que todas mis obras no sean más que juegos de palabras de un principiante, pero ante lo peliagudo de los derechos de autor en esto de la Red, prefiero que a cada uno le llegue lo que le tenga que llegar y cuando le tenga que llegar, que así es como suceden siempre las mejores vivencias de nuestra vida.