Es entonces cuando estalla la ira,

dientes apretados y mirada roja fija,

la última gota que derrama la continencia,

la mente despierta se vuelve asesina,

todo cansa, todo molesta, todo lastima.

El cúmulo de hechos desborda tu equidad,

la avalancha arrasa culpables e inocentes,

tus reacciones, sin dominio, saltan automáticamente,

pagando como siempre justos por pecadores,

respuestas innecesarias en lapsus ardientes,

momentos decisivos perdidos por la prepotencia,

la falta de seguridad y la ausencia de experiencia,

dos aliados que juntos a este fuego alimentan.

 

Y es entonces cuando el deseo latente te excita,

músculos tensos y reacción rápida lista,

mujeres como objetos y cuerpos en el punto de mira,

las vidas privadas desaparecen en el mismo instante,

en el que no hay más que un fin y un mensaje:

lo que yo quiero de ti es lo que tú no quieres darme.

Una casualidad inicia el eterno combate,

entre inclinaciones ardientes y movimientos suaves,

entre rodeos fútiles para un fin más que palpable,

dentro de mi hay un yo que quiere ser salvaje,

lo único que le sacia es una variedad manejable,

cuando aparece ya no hay más que un camino,

al que pronto abandona cuando sus deseos han concluido.

 

Es entonces cuando la vida se convierte en un torbellino,

idas y vaivenes sin tener un rumbo fijo,

la noria de las emociones sobrecargada de tensiones,

furias y miedos enfrentados al estar reprimidos,

desórdenes encadenados que deforman más los apetitos,

voluntades y confianzas tiranizadas por sus caprichos,

¿la consecuencia de la cólera y de la excitación sin dominio?,

saciarse mutuamente a cambio de tu equilibrio,

dos extremos para un mismo sentido,

sino eres tú quien las pone en su sitio,

serán ellas quienes decidan tus motivos.

 

Alfredo Cuervo Barrero ©